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Atlántica XXII

A propósito de “Cieno”

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A propósito de “Cieno”

Los dos escritores durante su conversación sobre "Cieno". Foto / Pablo Lorenzana.

Los dos escritores durante su conversación sobre “Cieno”. Foto / Pablo Lorenzana.

Ernesto Colsa (Oviedo, 1968) debuta en la narrativa con novela intensa, generacional, himno epocal y completo pastiche de un memorialismo muy trufado de cómico anecdotario y el mas serio diagnóstico del presente, futuro y esperanzas de todos los menores de cuarenta años. Cieno (KRK Editorial) es la excusa para que Diego Medrano y él se junten en plena Plaza de la Catedral de Oviedo, la vieja Vetusta, muy en plan figurones, sacudidos de miradas ajenas, improperios varios y el calambrazo constante de hablar de literatura sin tregua alguna.

Diego Medrano: Querido Ernestito de Chapourcin: Umbral dividía a los escritores en dos grupos: planos y con relieve. Tú clarísimamente eres de estos últimos. Hay lenguaje en tu novela, cadencia, léxico, lo que es una maravilla completa… Ahora todos los escritores escriben sin adjetivos y sin subordinadas. Una cosa de puros bachilleres coronados de acné y hormonas rápidas o internáuticas.

Ernesto Colsa: Tienes razón, pero estarás de acuerdo conmigo en que uno de los principales defectos de los escritores vírgenes -y yo lo era a mis cuarenta y cinco piruletas- es el abuso de los calificativos y el manierismo excesivo. Con Cieno me he tirado unas cuantas tardes suprimiendo calificativos, “pueses” y conjunciones . El estilo está currado, sí, muy currado, no nos vamos a engañar.

D.M.: Umbral, que era magnífico, sublime, decía que no practicaba la novela rural porque nunca había sabido si las vacas tenían los cuernos delante de las orejas o detrás. Que nunca había visto una vaca, vamos. El ruralismo que tú tratas, si me permites, es un ruralismo cosmopolita, no la generación de la berza y todo eso tan patético…

E.C.: La aldea es una excusa, el escenario donde observamos la progresiva degradación del protagonista, un tío a quien le resulta imposible madurar aunque pierda pelo y le vayan asomando las lorzas… La novela pretende mostrar eso, y no las miserias de la sociedad rural comunes al género humano. (Imposta la voz, imitándome a mí o a Umbral, es un enigma) Se trata de eso de Diógenes: “Cuanto más conozco al hombre, más quiero a mi perro”.

D.M.: Un gigantesco psiquiatra asturiano, José Luis Mediavilla, tiene cierta poética explosiva y no menos implosiva: “Loco o no, nadie se pilla los cojones con la tapa del arcón”. La locura de tu personaje es muy fingida, muy teatral, espléndida, con grandes brochazos y ramalazos de dipsomanía y bares, que lo tiñe todo de una frecuencia muy pop, muy juvenil…

E.C.: Yo vengo de la cultura pop, y en la novela trato de plasmar un modo intrascendente de comportarse en un entorno tan hostil para hacerlo como Antojanuela, el territorio mítico donde se desarrolla la trama. En general, me encantan los ejercicios de eclecticismo abrupto, como la ciencia-ficción de La saga/fuga de J.B., que es aldea pura, o la mezcla de espionaje y ornitología de la novelas de Ferrer Lerín, aunque tampoco se trata de forzar el asunto y parir cosas como Cowboys y aliens.

D.M.: El único patrimonio del artista es o debería ser la inseguridad. Carlos Barral sostenía que esa era la única factura del creador y que se pagaba constantemente. Sin embargo, sí, aquí todo el mundo ha querido ser funcionario, tener las pesetas o los euros fijos todos los meses, y es un gremio repleto de vagos y borrachos, que por las mañanas leen el periódico en el puesto de trabajo y por las tardes o noches abrevan como bueyes pardos…

E.C.: Claro, el “prota” se hace funcionario porque no le queda más remedio, cuando no aguanta más la presión en casa para que se busque la vida y deje de salir de farra a costa del patrimonio familiar. En realidad es un artista frustrado, y de los autodestructivos, y ha de labrarse una personalidad antes que una imagen, porque cuando decide volverse alcohólico con todas las consecuencias lo hace para reafirmarse y no para molestar.

D.M.: A ti te han interesado mucho siempre los escritores de segunda fila, los bohemios y perdedores, lo que me recuerda aquella poética de Ezra Pound que tan pocos hoy recuerdan: “A los mejores les falta convicción, mientras que los peores irradian una intensidad apasionada”. Bolaño dijo lo mismo, ya cuando se moría, que le interesaban mucho los malos escritores pero con tema, con algo que decir. Y Unamuno sentenció que con todos los malos escritores de un periodo podría reconstruirse a la perfección dicha época…

E.C.: (Impostando la voz de nuevo) Y Cortázar dijo: “Ahora que ya sé escribir bien, voy a aprender a escribir mal”. A Sinatra se le ha definido como un espléndido mal cantante. Hay tíos que ponen las comas donde le salen de las narices, como Roberto Arlt, y molan. Lo hablábamos al principio, debemos buscar el término medio, ni tan abstruso como Pynchon ni tan esquemático como los autores de novela fragmentaria, que ya se ha convertido en una moda. Al único que le permito ser tan pelma como quiera es a Foster Wallace.

D.M.: Tu personaje parece un desgraciado, pero no lo es. Me recuerda a aquello de Séneca: “Aquél a quien es fácil morir, nunca es desgraciado”. El problema de tu personaje es el deseo: se ha dado cuenta que la felicidad no es llegar sino seguir deseando. Me encanta la mezcla que haces de inquietud o tedio, por un lado, y de inocencia o esperanza, por el otro.

E.C.: No es un desgraciado hasta que se larga a currar a casa dios y se ve obligado a convivir consigo mismo sin nadie alrededor que lo entretenga de esa experiencia tan traumática; como en el fondo se desprecia, sus costumbres se vuelven repugnantes, y esos hábitos lo hacen echarse a perder mucho más.

D.M.: Tu personaje, a la manera de Cortázar, si quieres, en Rayuela, no busca para encontrar sino para seguir buscando. Eso es complejísimo. Dice Cortázar en su novela fetiche: “Andábamos sin buscarnos pero andábamos para encontrarnos”. El pueblo, tienes razón, es una excusa para saber quién es él realmente…

E.C.: Lo que en el fondo desearía es gustarse a sí mismo, y todos sus actos se encaminan a forjarse una personalidad adulta, pero le puede el onanista que lleva dentro… Es un hijo del “Baby boom”, como yo, demasiado joven para hacerse punk cuando empezó a haberlos por aquí y demasiado viejo para el botellón. ¿Cómo no vamos a sentirnos frustrados?

D.M.: Todo el tema de la corrupción de un Ayuntamiento cualquiera, o la chapucería de tal, no es tanta como otra cosa, a mi juicio. El gran mal de tu héroe es que descubre la jerarquía. Lo falso o impostado de toda jerarquía. Y, claro, no puede con ello. Está muy bien tratado todo eso, pisar al de abajo para superar traumas propios…

E.C.: Está obsesionado con el ejercicio de la autoridad, con la pompa del poder. Como te dije antes, es un esteta, también un hijo de las vanguardias, y por eso al final logra comprender cuánto hay de “performance” en la burocracia y se maravilla ante esa transustanciación de un simple papelote con solo plantarle un sello de entrada. Ese sello lo convierte en algo de mayor categoría, lo incorpora al aparato del Estado, ya no hay vuelta atrás… ¿No es eso arte? En realidad, la burocracia, con todo lo que se la critica, nos hace humanos.

D.M.: El anzuelo sin cebo es la vida pueblerina, pero el anzuelo con cebo es otro, a mi juicio: cómo el entorno, sea el que sea, siempre nos reafirma en quiénes somos. Él, tu personaje, está perdido por eso justamente: el entorno no le devuelve ni le subraya su identidad. La mayoría de los funcionarios son ineficaces por semejante problemática: están desubicados.

E.C.: Los males de la Administración provienen del propio monstruo y no de sus peones: estructuras inamovibles, procedimientos anquilosados, vacíos de jerarquía… Aunque también existe un alto grado de desubicación; sé de altos funcionarios municipales que hacen casi doscientos kilómetros para ir a la oficina con tal de no trasladarse a vivir a su Antojanuela particular. Aunque, más que pavor al pueblo, quizá lo sea descubrirse a sí mismos sin el cobijo de su gente: ahí está el verdadero “leitmotiv” de la novela.

Medrano y Colsa conversan a los pies de la Catedral de Oviedo. Foto / Pablo Lorenzana.

Medrano y Colsa conversan a los pies de la Catedral de Oviedo. Foto / Pablo Lorenzana.

D.M.: La escritura, si nos ponemos, también es una forma de destierro o ubicación precisa. No sé si lo has pensado. Harold Pinter decía en un artículo: “Cuando uno se siente incapaz de escribir, se siente desterrado de sí mismo”. Uno, al escribir, se encuentra, pone orden en lo suyo. Por eso tu personaje delira y, claro, lo hace de un inmejorable modo literario…

E.C.: El ejercicio de la burocracia tiene el peligro de que al final tu discurso como escritor se parezca al profesional, y no hay nada más cargante que un documento administrativo escrito por cualquier tuercebotas con esos gerundios sin venir a cuento, esas faltas de concordancia, la reciente plaga de la corrección política… ¡Puag!  ¡Hasta frases sin verbo me he encontrado yo en el curro! El protagonista es un esteta, y todo le molesta mucho, por eso sufre también. Por eso, y porque no hay por dónde cogerlo.

D.M.: A lo mejor en este país no nos hemos enterado de que solo permanece lo efímero. La vida, por concepto, es efímera. La felicidad, igual. La permanencia es la muerte. Uno ha de vivir de urgencia en urgencia: la antítesis del funcionariado, que es paroxismo y vegetación. Un tío ahí, antes con el cigarro en la boca, con cara de pena, echando pasar las horas… en Estados Unidos, cada diez años, cambian de trabajo, de mujer, de perro, de todo. Que, si te fijas, fue la ética y estética de Picasso.

E.C.: Esa es la contradicción que anula al protagonista: él quisiera ser como Conrad y se da cuenta de que ha elegido vivir como Martínez Soria. Recuerdo una película de ese tío en la que el alcalde se va a Madrid con el secretario municipal a resolver unos asuntos en el Ministerio y acaban metidos en no sé cuántos líos, un poco como ¡Jo, qué noche!, de Scorsese, pero con boina y moralina “low cost”… Lamentable.

D.M.: “Solo los fracasos dan al hombre su plena fuerza de ataque”, escribía un suicida maravilloso, Stefan Zweig. Tu personaje simula un resignado, pero se salva porque no es un resentido. No es, vamos, de los que culpan al mar de su naufragio… Su mucho ingenio, a su modo, le salva y construye.

E.C.: El odio lo proyecta hacia los suyos, hacia quienes lo han abocado a ejercer una ciencia que siempre le importó un pijo. Luego se encuentra un entorno de roña moral con el cual no contaba, pero convive con ello y no trata de cambiarlo, no se rebela por justicia social, sino porque sus enemigos le impiden conseguir sus propósitos. El vitriolo que esparce en los diálogos consigo mismo antes de cada capítulo da buena muestra de ello. Está claro que no ha pretendido esbozar un moralista, ¡menuda ordinariez!

D.M.: Los situacionistas, a quien tú has leído mucho, decían que la memoria era como una maleta, siempre metíamos dentro cosas que no servían para nada. Juegas muy bien con los recuerdos… él, a su modo, también hace literatura de la memoria. Algo muy cervantino: la memoria como enemiga mortal del descanso.

E.C.: Cuando el protagonista fuerza la convocatoria de un pleno “trucho” con el único fin de reunirse con la concejala que se ha “apretado” unos días antes, eso es puro Guy Debord, querido. Y, en efecto, evocar su pasado lo reconcome por las noches, le impide dormir y le hace tomar unas magnificas decisiones equivocadas, como ocurre con los insomnes. Te lo dice uno que se pasa la mitad de las noches mirando al techo.

D.M.: Ya para acabar, tu novela me ha parecido profundamente melancólica pero no triste. Aquello de Víctor Hugo tan espléndido: “La melancolía es la dicha de estar triste”. También, como escribía Juarroz, hay una fiesta en el centro de la nada, en el centro del vacío… La fealdad o el feísmo como honesta manifestación de la verdad íntima e interior.

E.C.: No estoy de acuerdo con ese lugar común de que es más difícil hacer reír que llorar. En el cine, quizá sí, pones una “musiquiqui” en do bemol y unos cuantos primeros planos y lo tienes hecho. Pero la literatura no tiene más efectos especiales que el bolígrafo, y a mí me resulta mucho más fácil trabajar lo grotesco que lo sublime. Pero allá cada cual con sus querencias, amigo Medrano.

D.M.: Recoge el tenderete que tengo a mi chófer ahí…

E.C.: ¡Luego vas de pobre por el mundo!

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 32, MAYO DE 2014

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