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Atlántica XXII

Recuerda que fuimos jóvenes (y asturianos)

Opinión

Recuerda que fuimos jóvenes (y asturianos)

Por un módico precio de 400 euros, elige si prefieres creerte a Paula Echevarría o Carrie Bradshaw

Artículo publicado en el número 61 de la edición de papel del número 61 de ATLÁNTICA XXII publicáu na edición de papel del númberu 61 d’Atlántica XXII

Texto | Paula Carrelo

Ilustración | Verónica G. Ardura

 

“Vas a ser una vieya repunante”, me dijo mi padre hace unas semanas. “Mira que quedarte un viernes en casa por una película”. Aquel día echaban Los puentes de Madison en TPA por séptima vez, llovía como todos los fines de semana, estaba agotada y tenía a mi disposición manta eléctrica, manzanilla y pan con chocolate. Manjares que solo la madurez permite disfrutar, por los que cancelar cualquier plan. Manjares para la señora que vive en mí y que no dejaría a su marido para irse con Clint Eastwood. Una Lola Herrera atrapada en un cuerpo sesenta años menor, tan en peligro de extinción como mi otra mitad, la joven y asturiana. Desde esa juventud de mis 23 y siendo hija del extrarradio, de Grao, antes entregada alumna de la Universidad y ahora emigrada a Madrid, me permito opinar.

La paisana de provincia que soy viaja a la capital en la primera fila del autobús, por supuesto, pero no como las demás: yo no hablo con el conductor. Lo hago con amigas que me cuentan que esto está fatal, que la falta de conexiones con la meseta e incluso dentro de la región no puede ser más evidente. «La independencia nos resultaría más fácil que a los catalanes y el resto de la península ni se daría cuenta», ironiza una de ellas. «No hace falta ni levantar un muro», le responde la que lleva medio año trabajando en Inglaterra. Para ir y venir desde Leeds, tiene que hacerlo desde Barajas o Santander porque en Ranón ya no hay vuelos directos a Londres. Aquí somos contundentes con el Brexit. En caso de haberlos, como por ejemplo los que conectan Asturias con Madrid, salen tan caros como un viaje a Nueva York. Verídico. Por un módico precio de 400 euros, elige si prefieres creerte Paula Echevarría o Carrie Bradshaw. Por suerte y algunos euros menos, nos quedan estos trenes punteros, futuristas, cuyas vías se sustentan en el aire… Por algo 2019 era el año de Blade Runner.

Si hablamos de la capital asturiana, la localidad con más escuelas y facultades de la Universidad, la cosa no mejora demasiado. La mala planificación de las rutas del bus urbano hace que ir del campus del Cristo al del Milán tome casi tanto tiempo en TUA como caminando. Yo no me lo pensaría demasiado: con la segunda opción te ahorras lo que te cuesta un café y encima, te trabajas un pandero estilo Beyoncé a base de cuestas.

Vale, hay que reconocer que es difícil conectar los centros que se esparcen por aquí y por allá, y de ahí, en parte, la falta de cohesión entre ellos, sus departamentos, sus alumnos… Alumnos que se limitan a ir a clase, tomar apuntes y volver a casa. Pero qué fue antes, ¿la desmotivación estudiantil o la del profesorado? Evidentemente se retroalimentan. Algunos colegas me comentan la falta o el desfase de las actividades complementarias; no sé si saben que en UniOvi hay 19 asociaciones y otros tantos grupos deportivos que no tienen visibilidad por parte del Rectorado pero sí buenas ideas propias. Y que necesitan gente. No todo tiene que venir dado desde arriba; como miembros de la comunidad educativa tenemos el derecho y el deber de ser partícipes, de hacerla crecer. Gente necesaria que, por otro lado, necesita tiempo. Tiempo muy valorado en este plan Bolonia implantado a medias, mezcla del antiguo modelo y del que debería ser el actual. Tantas clases, trabajos, exámenes… Todo junto, no. Como se ve, el tema es una pescadilla que se muerde la cola y demuestra la teoría de la vieya repunante. Aun así, quedan en la Universidad algunos de esos antiguos compañeros sacándose máster tras máster, años y años de doctorado para que les animen a probar suerte más allá de los Pirineos si es que quieren trabajar. Ya luego, si eso, serán rescatados con el Plan de Retorno del Talento que en dos ediciones ha conseguido la vuelta de dos titulados. Dos entre miles.

En el grupo de amigos, conocidos y saludados que me queda en Asturias se manifiestan otras dos tendencias fuera de la Academia. Por una parte, hay quienes preparan oposiciones o encontraron hueco como últimos monos en Sanidad y Educación, con contratos de incluso horas. Los otros sobreviven gracias a la Formación Profesional, y es que la FP es una buena oportunidad — hay que decirlo más— pero sin un sistema sólido de empleo, llegará el momento en el que tampoco ellos puedan trabajar o lo harán precariamente… si no lo hacen ya. El resultado, un circo: becarios hasta los cuarenta y tres, cierres de industrias, impedimentos varios a agricultores y ganaderos, pymes que aguantan lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks, o sea, hasta que se acaba la subvención. Vivimos los tiempos del gran sueño asturiano, sí, con una Administración que iba a descansar la vista media horina después de fartucarse pero que, si llega a despertar, lo hará bastante después, desorientada, cuando sea demasiado tarde.

Me doy cuenta de un detalle con tan profunda metáfora. Existe una cuarta salida que no es montar —o irse a— un bar, sino meterse en política, y tiene demostración empírica: si en Twitter buscas los términos ‘Asturias’ y ‘jóvenes’, muchas de las publicaciones son de partidos de un lado y otro presumiendo de discípulos. Y fíjate, que a lo mejor hasta es una decisión acertada porque te regalan unos llaveros chulísimos, te pagan el viaje a no sé qué manifestación y ahora hay puestos de sobra, como el de Cherines o el de Llamazares. Lo de cambiar las cosas, ya tal. Además, fijo que las fiestas en las sedes tienen más vida que la calle Mon o El Rosal cualquier sábado. Porque esa es otra, qué hace la gente con su vida los fines de semana, pregunto.

En Gijón me chivan que más de lo mismo, que ahora se alquilan bajos por economía y para hacer sabe Dios qué. Y no hablemos de los alrededores… En Grao llegaron a coincidir dos discotecas (El Parque y El Partenón) y una sala de fiestas más que conocida para todo aquel de más de cincuenta: El Maijeco, un emblema que hizo mucho más por el amor y la natalidad en Asturias que First Dates. Como en la villa moscona, había fiesta en Pravia, Trubia, Pola de Siero, en todas partes. La región era algo parecido a la casa de Los Javis y se nos ha transformado en el bar de El resplandor. Por cierto, hablando de cine, lo mismo pasa con él: también dos en Grao, en Pola de Laviana tenían el Maxi y en Mieres estaba el Esperanza. Hoy, ruinas. Como dice Magdalena Cueto, una de las profesoras más lúcidas de UniOvi, «ir al cine significa, literalmente, ir a un supermercado». Allí donde habitaba el romanticismo, edificaron un Parqueprín.

Entonces vuelve a ser viernes y sigues frente al televisor. En una pausa del Equipo de investigación sobre pan congelado encuentras a Meryl Streep bajo la lluvia, y claro, te emocionas porque por fin un rincón de la TPA —más allá de Pieces— te representa. Porque pudiendo irte y crear un mundo, dejar de lado y que se apañen, tú te aferras a lo tuyo y luchas por ello. Aunque solo sea quedándote, quejándote, escribiendo, esperando.

 

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