Connect with us

Atlántica XXII

Sonja Akesson, inmortal poeta de lo cotidiano

Cultures

Sonja Akesson, inmortal poeta de lo cotidiano

La poeta Sonja Akesson.

EXCÉNTRICOS, RARAS Y OLVIDADOS

Natalia Fernández Díaz-Cabal / Lingüista y traductora.

No sé si existen los poetas de lo cotidiano. A veces me da miedo de que en esa expresión quepa todo –utensilios domésticos, llaves que no encajan en ninguna cerradura, tuercas y arandelas herrumbrosas–. Pero está claro que hay poetas con el talento de trascender lo que no trascienden. Sonja Akesson pertenece a esa rara categoría.

Había nacido en un pueblito de la isla de Gotland (Suecia), en el Báltico. Era un 19 de abril de 1926. El comienzo de una primavera que apenas se siente en el Báltico. Una primavera nevada. Dice ella misma en su poema “Autobiografía”:

Yo fui una mocosa típica.

Hice túneles debajo de la nieve.

Estuve sentada bajo la nieve que dejaba caer un manzano

esperando el Juicio Final (…)

Una mocosa típica que nació en una familia típica. Su padre era jefe de estación en aquellos paisajes desiertos, y la mocosa típica dejó paso a una chica típica, que trabajó desde los trece años como empleada doméstica, camarera y telefonista. Lo más lejano a la sublimidad poética, que ni ella misma presagiaba. Una niña que deja de estudiar porque lo exige la economía familiar. Y que ya antes, marcada por la vida misma con un sello de fuego, había perdido la virginidad a los 11 años con un campesino de la zona. Un hecho del que ella destaca que lo único traumático no fue esa pérdida en sí, sino las habladurías, los chismes y las amenazas. El fantasma del correccional de menores.

Se casa muy joven, en 1948, con un ebanista con el que tiene dos hijos. Durante ese matrimonio Sonja mantiene una relación con un hombre también casado, que la deja embarazada y se desentiende, de ella y del niño. Un niño que morirá dos años después de leucemia. La “chica típica” hacía mucho que había dejado de serlo.

A comienzos de los años cincuenta se va a vivir a Estocolmo, donde ya se habían trasladado sus padres. Ella, acostumbrada a luchar por sobrevivir, decide no dejar pasar aquellas oportunidades que la hacen olvidar su condición de ama de casa, a veces despreciada; minimizada siempre. Y se apunta a un curso de poesía. Luego a otro de escritura. Ese camino que va explorando la lleva a publicar su primer poemario en 1957. Se titulaba Situaciones y la crítica le dio una bienvenida que abría una puerta que ya no se iba a cerrar. El año anterior se había casado con el escritor Bo Holmgren, con quien tuvo otros dos hijos.

“La cuestión matrimonial”

La poeta Sonja se va haciendo a sí misma, pieza a pieza, y demuestra una capacidad desarmante para explicar lo complejo con una simplicidad admirable, valiente. Pero el libro que la lanza a la fama definitivamente fue La paz hogareña, en la que se incluye el revolucionario y ya emblemático poema “La cuestión matrimonial”, que arranca con aquellos versos que atraviesan las retinas con una fuerza de tifón:

Ser esclava del Hombre Blanco (…)

Hombre Blanco no tolerar descuidos.

Hombre Blanco no aguantar comida frita.

Hombre Blanco no tolerar frase tonta.

Hombre Blanco sufrir gran ataque de nervios

tropezar botas de los niños (…)

Decir que este poemario produjo estupefacción tal vez no sería del todo exacto. Ni del todo justo. Sonja Akesson se convirtió en la feminista por excelencia –pero no una feminista de esas teóricas que van desmontando, una a una, las piezas del puzzle del patriarcado, no–. Una feminista que lleva la fregona y la violencia cotidiana a unos versos que dejan a veces un rastro de lejía y de lágrimas. Las amas de casa la suben a un pedestal. Todas y cada una. La reconocen, porque los grupos explotados tienen un olfato fino para detectar a alguien que es “de los nuestros”. Y en Sonja no hay trampa: es una de ellas. Con una sensibilidad y una inteligencia que la hacen llevarse bien con las palabras, que las domestica y las vierte en una especie de savia muy elemental, a la vez que muy consciente, muy tozuda.

En 1965 conoce al poeta Jarl Hammarberg. Escriben poemarios juntos. Deciden estar juntos. Se separa de su marido, y con Jarl tendrá más tarde una hija. Entretanto, es la poeta que todos quieren en sus fiestas o en sus oráculos. Lee en las escuelas, en las bibliotecas, en las cárceles. El tiempo del reconocimiento: una legión de bien dispuestos autores teatraliza sus obras, ella misma se dedica a la dramatización. Incluso a escribir canciones y monólogos. En 1966 sus dedos tocan el cielo con la publicación de Vivo en Suecia y en 1968 sale un libro basado en el “collage” en el que publica varios textos teatralizados, con frases sacadas de anuncios y de noticias… Se podría decir que esa vida de madre de familia numerosa y de muchos tumbos matrimoniales por fin dejaba entrever un sol que brillaba exclusivamente para ella. Pero no nos engañemos. Como ella misma dice en su poema “Autobiografía”:

Me he entrenado en la acomodación

la simulación y la astucia.

Yo no tengo alas

pero sí una joroba fuertemente desarrollada (…).

No. Sonja no se deja seducir por el éxito. Más bien el éxito le muestra unas garras atroces de las que ella no podrá liberarse, porque ya no hay nada que la pueda liberar de sí misma, de la “mocosa típica” que fue, del “ama de casa típica” que quizá siga siendo, rendida al Hombre Blanco, del que tampoco termina de zafarse. La suma de todo ello resulta excesivo en una mujer que barre su alma para que los residuos queden petrificados en poemas anhelantes de plasmar aquello en lo que la vida no deja de doler. En su último libro, El ojo del caballo, que se publicó en 1977, el año de su muerte, recoge los siguientes versos titulados “Privilegiada”:

Esta es una habitación para llorar.

Cortinas a rayas verdes, ventanas altas,

la cubierta de la alta cama, blanca.

La mujer junto al lavabo

llora, en efecto.

Es una privilegiada,

tiene habitación individual.

En las otras habitaciones para llorar –las salas–

no está permitido llorar.

Inquietaría a las compañeras.

Allí el llanto se mete horadando hacia dentro (…).

Sí. Ya ha pasado por un psiquiátrico. Las largas depresiones, cada vez más largas, cada vez más inclementes. Y también ha pasado el alcohol y su lengua viva, devastándole el hígado. Con implacable cordura, con sencillez brutal, con desnudez de recursos y afeites, registra una especie de esquela, un presagio de muerte. A los cincuenta y un años.

Soy sueca.

Tengo tarjeta sanitaria.

Lloro en mi cuarto.

Moriré de cáncer.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 47, NOVIEMBRE DE 2016

Continue Reading
Click to comment

You must be logged in to post a comment Login

Leave a Reply

Más en la categoría Cultures

Último número

To Top