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Un astillero como “un campo de concentración”

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Un astillero como “un campo de concentración”

Armón registró el año pasado más de 300 siniestros por las lamentables condiciones laborales en las que opera su personal, según denuncia la plantilla

Arrastrero con puente de aluminio en el que estaba el trabajador intoxicado.

Elena Plaza | Periodista

Artículo publicado en el número 61 (marzo de 2019)

En 2018, Armón cerró un contrato de 90 millones de euros con la empresa Baleària para un catamarán ligero y rápido (fast ferry) construido íntegramente en aluminio. Dará empleo a unas 600 personas, aunque no de manera simultánea, y su construcción de un ferry marcará un hito en la historia del astillero gijonés, dedicado tradicionalmente a la construcción de barcos de menos envergadura (pesqueros, arrastreros, quimiqueros…). No hay muchos astilleros en el mundo especializados en este tipo de trabajos, y menos en aluminio, un metal altamente peligroso que, sin embargo, ya ha dejado a un primer trabajador de baja por intoxicación.

En marzo de 2014, en su número 31, ATLÁNTICA XXII ya denunciaba la situación laboral de la fábrica. Desde entonces, poco han cambiado las cosas. Según los empleados de la contrata vasca Nervión Industries, que gestiona las instalaciones  gijonesas, el año pasado se registraron unos 300 accidentes laborales, cifra que hizo que “viniera el prevencionista de Bilbao para dar un toque”. Ni Armón ni Nervión han contestado a las preguntas planteadas desde esta revista, como ya ocurriera en el reportaje de hace ahora cinco años.

La cantidad de sanciones acumuladas por Inspección de Trabajo en 2018 supera los 800.000 euros, apunta Cándido Carnero, de la Corriente Sindical de Izquierdas (CSI), quien conoce bien el trabajo en un astillero por su propia experiencia profesional. “Cuando se llega a esas sanciones, hay una evidencia de que no hay seguridad en la empresa”. Y en efecto, da igual con quién de la plantilla se hable, los recién incorporados o los veteranos: todos los trabajadores de Gijón coinciden en calificar Armón como un “campo de concentración” con “un auténtico régimen de esclavitud”. Los empleados portugueses y gallegos –la mayoría de la plantilla en la actualidad–, describen al centro asturiano como “el matadero, el peor de Europa” por sus condiciones.

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UN PROBLEMA DE SALUD PÚBLICA

El catamarán se encuentra aún en la fase de clasificación y corte de los bloques, antes de pasar a la soldadura. Es de tal envergadura que se tendrá que construir en grada, ya que no entra en el dique. El trabajo incluye un puente de aluminio, similar a otro de las mismas características ya rematado en el astillero.

El aluminio es peligroso por su especial toxicidad. Requiere controles y equipos de trabajo específicos, con análisis de sangre periódicos para “evitar que pase a la sangre, porque si te intoxicas, a partir de unos determinados porcentajes no se elimina y deja  secuelas irreversibles”, explica Carnero. Algo muy parecido a lo que sufrieron los intoxicados por mercurio en Asturiana de Zinc (AZSA), de los que informó esta revista en su número anterior.

Las secuelas del aluminio en su grado más leve provocan irritación, sabor metálico, dolores de cabeza, escalofríos, opresión en el pecho y tos. “Pueden no presentarse hasta varias horas después de la exposición y suelen durar de uno a dos días”. Pero la exposición al polvo fino “puede causar cicatrices pulmonares (fibrosis pulmonar)”. Además, “el polvo de aluminio es un sólido inflamable y presenta un grave peligro de incendio”, según indican los estudios al respecto del departamento de Salud de New Jersey (EE UU), especializado en el tema.

Todas estas secuelas, las mismas para caldereros que soldadores, son provocadas también por la gran cantidad de ozono que desprende la manipulación del aluminio, sobre todo en caliente, acentuada a su vez por una mayor radiación ultravioleta generada por determinados tipos de soldadura, según recoge el Instituto Vasco de Seguridad y Salud Laboral. Los gases son invisibles, pero queda una neblina de polvo: “Trabajamos veinte personas con esta neblina a la altura de la cara y por las mañanas se ve la capa de polvo posado en el suelo”, explican trabajadores que prefieren mantener el anonimato por el miedo a las represalias.

La peligrosidad requiere que se trabaje con mascarillas, pantallas con ventilación autónoma y una aspiración que recoja el aire con polvo en suspensión en un tanque de depuración, para expulsarlo a la atmósfera. “Y nada de esto se está haciendo. No hay equipos especiales ni pinta de que los vaya a ver. Todo este polvo lo estamos respirando los trabajadores y se está expulsando al aire sin más. Yo no sé cómo no se meten el Ayuntamiento de Gijón o el Principado: en las inmediaciones hay un colegio, el club de natación Santa Olaya y la playa de L’Arbeyal. Las natas que se ven en el agua es toda la porquería que sale del astillero cuando se abren las compuertas. Y allí se baña la gente” denuncia uno de los trabajadores.

Las normas para trabajar el aluminio obligan también a la empresa a asumir la limpieza de la ropa. “Pero no lo hace, así que lo llevamos a casa o a las lavanderías de autoservicio, con el riesgo que entraña para la población. Se come en el comedor con las fundas, algo prohibido. Y todo eso va para casa”, ahonda la plantilla.

Todos destacan la ausencia de un ATS (la legislación exige un mínimo de 200 empleados) y que “solo hay un botiquín en un almacén con tiritas y gotas para los ojos. No hay ni desfibrilador y todos los días hay mancaos, que no te dejan ni ir a la mutua. Te sacan en furgonetas y para el hospital: que te lo hiciste en casa. Hay dos compañeros con vértebras rotas. A uno lo tuvieron tres horas en el suelo porque no podía levantarse hasta que unos lo tiraron en una camilla. Uno que se mancó con una chapa en el pie, que lo tenía negro, lo tuvieron en una almacén firmando papeles a la de seguridad con el pie roto por tres sitios”. Los ejemplos son interminables.

La falta de condiciones de trabajo adecuadas ha provocado la baja por intoxicación de un trabajador de la nave 4, donde se construye el puente. Acudió a la Seguridad Social y “tiene manchas en los pulmones”. La salud pública, sin embargo, le pasa la pelota a la mutua, y en esas se encuentra el afectado, según sus compañeros. “Si ya hay un intoxicado solo por trabajar en el puente, ¿qué no habrá cuando se acometa el catamarán en su totalidad? Está muy bien abrir mercado, pero no a costa de matar trabajadores”, alerta Carnero. Trabajadores que, según la plantilla, además cuesta encontrar, porque los pocos cualificados que hay “no quieren trabajar aquí con estas condiciones y sueldos de 1.000 o 1.200 euros por entre 10 y 11 horas de trabajo, sin reconocer tóxicos y peligrosos,  con el pago de extras en entredicho y trabajo bajo amenaza en fin de semana”. Esa es una de las razones por la que buena parte de la plantilla procede de Galicia y Portugal, junto a la existencia de una “lista negra” de asturianos que se plantaron cuando los tres accidentes mortales entre 2013 y 2015.

 

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