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Atlántica XXII

Opinión

Un comienzo

Abdelaziz Bouteflika durante una votación en 2012.

Mario José Diego Rodríguez | Sindicalista

El regreso a su país del presidente argelino Bouteflika, después de su hospitalización durante dos semanas en Suiza, tuvo lugar en un contexto explosivo: miles de estudiantes en las calles, universidades ocupadas, transportes públicos y comercios en huelga para oponerse al quinto mandato presidencial codiciado por él. El anuncio de su renuncia a ese quinto mandato es un primer éxito de la movilización masiva llevada a cabo por la población, movilización que contó con la presencia de muchas mujeres en particular.

Por lo visto, la camarilla en el poder no había podido ponerse de acuerdo sobre quien le sucedería, razón por la cual optó, una vez más, por la solución Bouteflika. Encontrándose con la reacción  de la población, dicha camarilla, prometió acortar la legislatura. Tal farsa, como no podía ser de otra  manera, atizó el enfado y acentuó el sentimiento de humillación del pueblo argelino conduciéndolo a ocupar la calle con más determinación.

Trabajadoras y trabajadores, jóvenes y menos jóvenes, con o sin trabajo, componen el grueso de las manifestaciones. Se rebelan por la degradación de sus condiciones de vida. Con un salario mínimo de 130 euros mensuales que muchísimos trabajadores ni tan siquiera cobran, pobreza y precariedad son la regla. Los jóvenes representan más del 50% de la población y un tercio de ellos no tienen empleo, motivo suficiente para tomar  la decisión de arriesgar sus vidas cruzando el Mediterráneo, sin tan siquiera dudarlo.

A pesar de la riqueza proporcionada por la venta de sus hidrocarburos, el país ve incrementarse la deterioración de los servicios públicos; la escasez de escuelas provocan un apiñamiento en las existentes y los hospitales están en completo abandono. Mientras, la camarilla en el poder y otros parásitos de la misma calaña, los Renault, Total, Sanofi o Lafarge, desvían hacia sus cajas fuertes los ingresos del petróleo, del gas, de la construcción, de las exportaciones e importaciones y de la sobreexplotación de la mano de obra barata.

La lucha del pueblo argelino es difícil pero ha liderado otras más difíciles, como la que llevó a cabo enfrentándose a Francia, país colonizador, para conquistar su independencia. Saludemos la valentía con la que centenas de miles de mujeres y hombres inundaron las calles. Lo están haciendo a pesar de la prohibición de manifestarse y el chantaje del régimen sobre una eventual guerra civil. No cabe duda que el pueblo argelino, con sus jóvenes al frente, no soporta el desprecio de ese régimen mafioso que considera únicamente el Estado como su caja registradora.

Más allá de las reivindicaciones de libertad y democracia, son cada vez más las personas que se preguntan a dónde va el dinero del petróleo y por qué existe tanta miseria y desempleo. Es vital contestar a estas preguntas y luchar consecuentemente para que todos tengan un trabajo y un salario decente. De lo contrario, democracia y libertad seguirán siendo palabras vacías careciendo de sentido para  la gran mayoría de las clases populares en general y de la clase trabajadora en particular.

Esperemos que este primer éxito obtenido por la movilización en contra de ese quinto mandato no se pare ahí, aunque por el momento no parece ser el caso –este último viernes, 15 de marzo, una movilización multitudinaria invadió de nuevo las calles argelinas– y que aprovechando ese impulso establezca nuevas dianas hacia las que dirigir su lucha. Esas dianas podrían ser los acaparadores de las riquezas producidas por aquellas y aquellos, víctimas de la sobreexplotación, que todas las mañanas se levantan para fichar en las empresas en las que trabajan intentando así proveer a las necesidades de sus familias.

 

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